27 de septiembre de 2012

Paro de alcohólicos

La avenida Abancay, principal vía de la capital peruana, infestada de comercio informal y congresistas, se vió invadida por una multitud de individuos semi dormidos y mal trajeados reclamando con voz pastosa su descontento con la cada vez mayor cantidad de municipios regulando horas límite de expendio de bebidas alcohólicas por la noche. La masiva toma de la Abancay fue próxima al mediodía, por lo que tomó a la policía con la guardia baja, con la mirada concentrada en sus platos de almuerzo en los repletos restaurantes del mercado central de Lima. Los profesores del SUTEP se vieron, muy a su pesar, desplazados por la inmensa diferencia de adeptos y debieron retirarse marchando en dos filas del largo de dos cuadras. Los médicos no se atrevieron a arriesgar sus blancas batas al contacto de otras ropas impregnadas del polvo nocturno de las veredas de toda la ciudad. Los transportistas en huelga debieron buscar vías alternativas para llevar a sus pasajeros a destino.
La policía, con las barrigas henchidas de potajes económicos, avistó a la aglomeración pintada de un gris casi uniforme y se apresuró a romper la apretada formación de cinco cuadras. Al cabo de un rato, se percataron que sus bombas vomitivas y lacrimógenas no tendrían efecto sobre la turba que los mirada al pasar con ojos vidriosos, marcando su paso con un reguero casi ininterrumpido de desechos humanos de toda laya, incentivados quizá por el exceso del líquido proveniente de botellas sin etiquetas que cada uno de los manifestantes portaba como una especie de identificación de su gremio.
Los etílicos reclamos se incrementaron en volumen frente al congreso, de donde surgió una comisión de parlamentarios con el ansia de cámara televisiva marcada en la mirada, un vómito de seres pertenecientes a la sub-especie de los amorales, respuesta muy coherente con el estímulo regurgitado por la multitud reclamante. Se presentaron los pertinentes pliegos de reclamos oficiados por los más beodos de la turba. Después de los discursos repletos de recíprocos aprecios, la abigarrada masa se dirigió al Municipio de Lima. Sin embargo, ningún pliego llegaría a destino, no tanto porque la alcaldesa había ya abandonado el ayuntamiento despues de ser alertada de la proximidad de la muchedumbre sino porque, habiendo ya superado con creces la reacción de sus aturdidos hígados, los reclamantes tuvieron que ser retirados en volquetes  estibados por retroexcabadoras ociosas del postergado Conga.
Salieron los varios volquetes cargados de borrachos inconscientes y con rostros impregnados de satisfacción por haber hecho llegar su voz de protesta por primera vez, por haber formado parte del primer paro por las reivindicaciones del consumidor sostén de la industria de la bebida, el histórico paro de borrachos caídos.
Juro sobre la tumba de mis mascotas más entrañables que fui testigo de esa gesta urbana. Perjuro, además,  que hice los méritos para compartir su achispada ira, como tanto otro alcohólico en ciernes que puebla nuestro país desde tiempos inmemoriales. Hoy atestiguo que ese mediodía hazañoso no debe sufrir la moderna indiferencia de la gran urbe o el castigo del amarillismo que enterró a la matanza de Macondo.

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