05 abril 2014

Escéptico.

     Vivo en el número 15 de la calle Abril en un suburbio limeño que nació pequeño burgués y con gran ánimo para ir tirando abajo lo pequeño de su condición. Pero éso fue cuando nació. Vivo en un suburbio en que ahora lo pequeño le hace sombra a lo burgués. Admito que aún los habitantes del suburbio hecho de madera y piedra barnizan sus puertas y cuidan sus jardines, florecidos todo el año. La rendición a medias, el aflojar en la carrera al envidiable progreso, se puede ver en el club comunal cerrado a doble candado y triple herrumbre, en la piscina cubierta de grafiti polvoso, en los parques resecos, en los pocos árboles raquíticos que sobreviven de la neblina mañanera, en los baches sobre el pavimento de la cuesta de ingreso, en la mirada de los que suben y bajan en nuestra interminable rutina de la gran ciudad.

     Trabajo en una ciudad tan típica como cualquier otra urbe que supere los diez millones de gentes, cada una con su propio mundo, muchas veces propalado a los cuatro vientos para cualquiera que se tome la molestia de sacarlo de la común frecuencia de ruido ignorado. Muchos de ellos necesitan que los escuches a ver si les compras las chucherías, tangibles o no, que necesitan vender. En fin, una ciudad en que la paz relativa y precaria hace tiempo se mudó a lo más alejado, poniendo de por medio aburridas carreteras y más muchedumbres vociferantes, ya sabes, propalando sus mundos y vendiendo chucherías. Y aún no dejo la calle. Trabajo en un par de institutos -soy profesor, tiene que ser de un par para arriba- donde el ruido externo cede al zumbido de tus propios engranajes discordantes y cadenas ululantes de saberte una pieza más para crear productos que se pierden de tu vista.

     Veo, escucho y leo noticias de un mundo que todos sabemos siempre ha sido como el registro de momentos históricos de nuestra humana crueldad; el color rosa lo ponemos nosotros para no cargarnos por un precipicio, un puente, una carretera central, una bañera, un pastillero, una bala embocada. El mismo mundo que siempre acogió paradojas incoherentes, como supuestos políticos desinteresados, militares estadistas, contadores probos, abogados legítimos, autoridades a nuestro servicio, religiones frugales, gobiernos honestos, leyes justicieras, humanidad jodida pero contenta. ¿A dónde quiero llegar? pues a proclamar mi escepticismo. Ahí está, lo dije, doctrinaria y visceralmente escéptico.

     Mi escepticismo, como simple arma de autodefensa, nace de las entrañas donde vivo, trabajo y activo mis sentidos. No el escepticismo corporativo donde lo que no tiene valor monetario es basura. No el escepticismo fanático-religioso donde mi dios es el único verdadero y los demás son ídolos. No el escepticismo político-económico donde mis ideas son las únicas viables y las demás son sectarias y terroristas. No. Hablo del escepticismo de piensa mal y estarás en lo cierto, de éste cree que soy huevón, de a mí nadie me pisa el poncho, de qué querrás que estás tan buenito, de dónde está el truco del negocito, de lo que cada uno de nosotros piensa en secreto cada vez que interactúa con otro ser hecho a imagen y semejanza de nuestro propio dios.

     Lo acepto y lo proclamo, salgo del estado de negación y busco asistir a algún grupo de ayuda en pos de redención. Me llamo Juanjo y soy escéptico. Lástima que aún no puedo encontrar un grupo al que no se le note la obvia intención de convertirte en un borrego descerebrado. Algún día les daré la dirección, si es que lo encuentro.